jueves, 23 de febrero de 2012


UNA ESCUELA EN EL ÁTICO por Vittoria Fabretti

  Tal vez parezca extraño que una muchacha cualquiera, como las que se ven cada día por la calle, con unos libros bajo el brazo, o con un paquete para entregar a un cliente, pueda ser la protagonista de una novela interesante.
  Pero Francis, la muchacha de catorce años, rebelde inconforme -en apariencia, lo contrario de una heroína-, es la figura central de una novela apasionante, donde las historias se entrelazan, aunque formando un conjunto dramático, cómico o humorístico, según el caso, componiendo una obra de lectura grata, leve y animada.
  Desde una escuela monótona, triste, desde una lavandería, donde Francis no halla su camino, la acción se traslada a una Escuela Profesional, en cuyo ático se halla situada la clase de publicidad para jóvenes que desean aprender los secretos de la propaganda. Allí, Francis se halla en su elemento, traba nuevas amistades, y entre bocetos y pinceles discurre su existencia, ya en pleno vigor y en el umbral de la juventud.

lunes, 20 de febrero de 2012


La muerte del cisne // Fernando Lalana
Para Elisa no hay nada como el ballet clásico, y a él se dedica en cuerpo y alma. Pero cuando conoce a César, un joven cámara, su vida entera comenzará a danzar al son de un ritmo muy diferente…
Enfrentadas por el destino, dos amigas que comparten anhelos, deseos y esperanzas, emprenden rumbos muy distintos en sus vidas… Sin embargo, una de ellas hallará el camino de la muerte.
Ambiciones desmedidas, celos profesionales, exigencias inhumanas, dobles apariencias, personajes sin escrúpulos, suspense…...


El cartero siempre llama mil veces // Andreu Martín y Jaume Ribera
En una revista del corazón aparece un anuncio supuestamente escrito por Silvia Jofre, la empollona del instituto que desconfía del mundo exterior y que cree que es posible comprender la vida a través de los libros sin necesidad de vivirla. A partir de ese momento vivirá una vertiginosa peripecia que le demostrará que estaba equivocada.

viernes, 17 de febrero de 2012

TRILOGÍA: Canciones para Paula, ¿Sabes que te quiero? y Callame con un beso. Escrito por Francisco de Paula "Blue Jeans"
¡¡ME ENCANTA!!

   
  


Canciones para Paula cuenta la historia de Paula, una adolescente de 17 años que se enamora de Ángel, un chico un poco mayor que ella que conoce por internet. Sin embargo, cuando todo les va genial aparece Álex, a quien sólo conoce de un ratito pero cuyo encuentro es de cine. Además, Paula no sabe que tiene un admirador y que está más cerca de lo que se podría esperar… Todo un embrollo de amores y desamores de los que serán testigos sus mejores amigas, “Las Sugus”, que no se separarán de Paula. 
Una novela cercana a la realidad actual de las adolescentes y al mundo de las redes sociales.



¿Sabes que te quiero? Los problemas que Paula intentó olvidar cuando se fue a París, siguen esperándole a su regreso y no le será nada fácil dejarlos pasar. Surgirán nuevos líos amorosos y desengaños, a los que se sumará un error imperdonable que pudo cometer la protagonista en la “ciudad del amor”. Pero no todo girará en torno a Paula, si no que el resto de “las Sugus” también adquirirán un mayor protagonismo en la novela, que se verá salpicada de mentiras, traiciones y problemas realmente serios en la vida adolescente.


Cállame con un beso 

El tiempo pasa en la vida de Paula. Nuevas experiencias, nuevos amigos, nuevas dificultades... La distancia es mal rival para el amor. Tendrá que tomar decisiones importantes, pero ninguna de ellas será fácil. Y menos después de todo lo que pasa en Londres... Álex está empeñado en convertirse en un gran escritor, aunque tiene otras cosas en su mente que le preocupan. Diana y Mario, por su parte, se verán envueltos en situaciones al límite donde deberán elegir cuál es la mejor opción. Las Sugus se han distanciado, pero... ¿algún día podrían volver a unirse? En aquellos días de diciembre, parece muy complicado...




PROHIBIDO BESAR
Bianka Minte-Konig
¡Vaya revuelo se monta en el colegio de Kika cuando la nueva directora impone unas severas medidas, entre ellas, la prohibición de besar! Un grupo de alumnos decide denunciarlas en un espectáculo. Pero, entre beso y beso en el escenario, la vida sentimental de Kika se complicará bastante... 

¿QUE RIMA CON AMOR?
Sabine Both
Entre verso y verso, que escribe a escondidas, Mia se encuentra haciendo de celestina: ha decidido encontrarle a su madre un novio adecuado, y su amiga Sani le ha pedido ayuda para ligarse al chico de sus sueños. Pero el amor surgirá cuando menos se lo espera...


AMOR + MATES = ? 
Zimmermann & Zimmermann
Henriette es buenísima en mates, hasta que un buen día su mirada se encuentra con la de un chaval de rizos castaños. Desde entonces sólo piensa en cómo conocerlo. Para ello, está dispuesta a todo, incluso a suspender su asignatura favorita. Pero, ¿logrará que Tom, el chico de sus sueños, se fije en ella?


¿VACACIONES SIN BESOS?
Zimmermann & Zimmermann
¡Por fin se acabó el curso! Henri está encantada: va a poder pasar mucho tiempo a solas con su novio, Tom. Y quizás por fin la bese. Porque llevan seis meses saliendo juntos y todavía..., ¡nada! Pero Tom tiene otros planes para sus vacaciones de verano...

Amor a los 14 Cap.10 Escrito por Blue Jeans

Capítulo 10

Abrazada a la almohada escucho música. Estoy destapada, no tengo frío, aunque todavía llevo los calcetines puestos. Los mismos calcetines que esta mañana se colorearon de verde por la hierba húmeda. Amaneció nublado. Y justo cuando salí de casa para ir al instituto, comenzó a llover débilmente. Como siempre, no llevaba paraguas. Llegaría a clase con el pelo hecho un desastre. Aunque en esta ocasión no me importaba demasiado. Tenía muchas cosas en la cabeza como para preocuparme por mi peinado. 

Confianzas…

Sin embargo, alguien se acercó por detrás hasta mí y me resguardó bajo su paraguas. Me quedé sorprendida cuando descubrí que aquella persona era Alicia. Ella y yo no habíamos hablado desde ayer al salir de clase cuando le solté todas esas cosas. Ni por las redes sociales, ni por el messenger, ni tampoco por SMS. Nada. Así que suponía que estábamos enfadadas. En cambio, la mirada de mi amiga era como si nada hubiera pasado entre nosotras. Y sonreía. Enseguida supe el motivo. Lo primero que Ali me dijo era que no quería tener mal rollo conmigo y que me necesitaba. En silencio, la escuchaba atenta. «Verás, Laura. Yo sé cómo soy. No soy lista y a veces me llevo palos por ser tan ingenua. Me enamoro con mucha facilidad. Y creo que me ha vuelto a pasar. Aunque siento que esta vez es diferente. Me parece que me he pillado de Pablo». No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Hablaba en serio? «Sé cómo es él. Y que cuando nos enrollamos tal vez sólo me quería para eso. Lo ha hecho con otras chicas». ¡Lo ha hecho conmigo! Estuve a punto de gritarle. Pero me contuve y seguí escuchando su historia. «Ayer, por la tarde, me llamó y vino a mi casa. Sabía que estaba mal por lo que había pasado contigo en clase. Y no te voy a mentir, te pusimos verde los dos. Pero poco a poco, comprendimos que era normal que tú estuvieras enfadada». La lluvia caía con más fuerza a medida que nos acercábamos al instituto. Como las palabras de Alicia, que conforme más me contaba, más emoción contenían. «Hablamos mucho. Toda la tarde, hasta que se hizo de noche. Yo pensaba que sólo quería liarse conmigo y estaba esperando el momento oportuno. Pero sorprendentemente, no fue así. Se fue a su casa, sin ni siquiera intentarlo. Sólo un beso en los labios de despedida. Me quedé… Vi a un Pablo diferente. No al de los últimos meses, sino a aquel chico que salía contigo. Te envidiaba cuando estábais juntos, porque pensaba que érais la pareja perfecta y que yo nunca podría tener algo así». 

Amigas 4ever

Estábamos en la puerta del instituto. Alicia se paró y me miró a los ojos. «Me gusta. Y puede que me estrelle porque, realmente, no estoy segura de que él quiera algo serio conmigo. Pero basta de que nosotras nos tiremos los trastos a la cabeza por los tíos. Si te molesta que lo intente con Pablo, pasaré de él». Lo decía de verdad. Sus palabras eran más sinceras que nunca. Hasta parecía más madura. Y yo, ¿qué podía contestarle? Sabía que Pablo no era de fiar. Que lo más probable era que le hiciera daño. Conmigo había pasado lo mismo. Sin embargo, al ver cómo le brillaban los ojos y la forma en la que me lo contó, me hizo darme cuenta de que yo no era nadie para romper sus ilusiones y mucho menos para juzgarla. Así que sonreí, le di un beso en la mejilla y le respondí que la apoyaría en todo lo que decidiera. Con un abrazo bajo la lluvia, Alicia y yo firmamos la paz definitiva. Amigas para siempre. 

Una nueva oportunidad

Y de repente me sentí más aliviada, por una parte, aunque al mismo tiempo, me apetecía llorar. Había sufrido tanto en los últimos días… Las cosas con Alicia no habían dejado de complicarse una vez tras otra. Y ahora que lo habíamos arreglado, me invadía un extraño vacío por dentro. Un vacío que me angustiaba y me impedía estar bien. Sabía qué era lo que me aprisionaba. Sobre mi corazón pesaba todavía lo que había pasado con Adrián el día anterior. En ese momento, como si me hubiera estado leyendo el pensamiento, surgió de alguna parte el chico que me estaba volviendo loca en todos los sentidos. Adrián tampoco llevaba paraguas. Estaba empapado y las gotas de lluvia le resbalaban una tras otra por la cara. Alicia se apresuró a taparlo también pero él no quiso. Al contrario. Y sin que pudiera esperarlo, me cogió de la mano y tiró de mí en la dirección contraria al instituto. Alicia gritaba preguntando que dónde íbamos. Sin respuesta. ¡No tenía ni idea de qué pretendía ni adonde me llevaba! No reaccioné. Simplemente, me limité a caminar agarrada a su mano. Deprisa, demasiado deprisa. Tropezando. Resbalando. Pisando los charcos. Bañándonos en la lluvia. No sé cuanto recorrimos. Tampoco me preocupaba. Estaba tan sorprendida por lo que sucedía que ni siquiera podía pensar. Y mucho menos hablar. Adrián sí que decía cosas. «Lo nuestro ha sido complicado desde que nos conocimos. Siempre hemos ido cuesta arriba. Y unas veces por una cosa y otras veces por otra, no hemos logrado estar tranquilos. Pero ¿sabes?, creo que me he enamorado de ti». Era el día de las revelaciones. El día de las verdades absolutas. El día en el que el chico que me gustaba me estaba confesando su amor. «Y te quiero. Lo sé. Lidia me hizo dudar. Apareció de nuevo en mi vida. Y es verdad que ella lo era todo antes de que me cambiara de ciudad. Pero esta noche, en la única que he pensado ha sido en ti». Entre gotas de lluvia y confesiones, llegamos a una escalera. Hacía mucho que no iba a aquel lugar. A aquellos peldaños infinitos que llevaban a un parque lleno de nada: el parque de los cien escalones. Subimos uno por uno. Adrián jadeaba por el esfuerzo, mientras continuaba hablando. «Quiero que lo intentemos, Laura. Quiero ser tu novio. Que vayamos juntos al instituto, al cine, a comer. Quiero soñar contigo cada noche y que tú sueñes conmigo. Quiero verte cada día y saber que sonreirás porque me estás viendo a mí». Estaba convencida de que en cualquier momento me despertaría y descubriría que todo aquello era un sueño. No podía estar pasando de verdad. Era imposible que un chico me estuviera diciendo todo eso a mí. 

La felicidad…

Pero no estaba soñando. Lo comprobé cuando caí justo en el último escalón y sentí un punzante dolor en la rodilla. Adrián se agachó a mi lado y me dio un beso en la pierna. Luego me ayudó a levantarme y más despacio caminamos de la mano por el parque de los cien escalones. «Te quiero, Laura». Y se detuvo. Nos miramos fijamente. Yo estaba sin aliento. Apenas podía respirar, por los escalones, por la emoción, por la lluvia que me calaba, por todos esos días de tensión acumulada. En ese instante, Adrián sonrió. Se dio cuenta de lo que me pasaba. Estaba completamente bloqueada. Y me pidió que hiciera algo para lo que me había llevado hasta allí: ¡Gritar! «Descubrí este parque la primera semana que llegué a esta ciudad. No fueron días sencillos. Después de clase, venía aquí y, cuando no había nadie, gritaba. Me servía para desahogarme, para soltar todo lo que llevaba dentro. Para dejar escapar mi angustia. Creo que a ti te pasa algo parecido. Por eso te he traído hasta aquí. Para que grites y te desahogues… Grita, Laura». Pensé que se había vuelto loco. Sin embargo, sus ojos hablaban en serio. Me agarró con fuerza de la mano y me hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Luego volvió a pedirme que gritara en voz baja. Y sin pensarlo más, grité. Todo lo fuerte que pude. Solté su mano, cerré los ojos y apreté los puños. Nunca había hecho nada semejante. Grité durante varios segundos sin parar. Sin complejos. Sin pensar que podía haber alguien mirando. Sin miedo. Y debo reconocer que fue como el antídoto a mis males. El mejor de los remedios. Nunca habría imaginado que gritar como una loca en medio de ninguna parte pudiera hacerme sentir tan bien. Terminé cuando quedé exhausta. Sin tiempo para reponerme, Adrián se inclinó sobre mí y me besó. Con tanta energía y tanta pasión, que caímos al césped mojado. Unidos, en uno solo. Nos besamos bajo la lluvia. Rodamos acompasados girando sobre nuestros cuerpos. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, me sentí completamente liberada de problemas y tensiones. Era feliz. El resto del día lo hemos pasado juntos. Hablando, riendo, disfrutando. Y discutiendo. Sí, también hemos discutido, aunque haya sido de broma y hayan venido reconciliaciones con besos. Ya lo hemos decidido: vamos a probarnos como pareja a ver cómo funcionamos. Lidia y Pablo son historia. No sabemos qué nos deparará el futuro. Y tampoco queremos saberlo. Sólo deseamos vivir el día a día uno al lado del otro. Intentando hacer las cosas bien y queriéndonos cada minuto un poquito más. Creo que será divertido. Es un bonito final de historia, que a su vez, es el comienzo de otra. Una nueva aventura que no tengo ni idea de cómo acabará. Espero que se prolongue mucho. Y que ese chico que llegó hace poco a la ciudad y levantó tanto revuelo, se convierta en el chico de mi vida.

Fin…

Amor a los 14 Cap.9 Escrito por Blue Jeans

Capítulo 9

Sin nadie más que te moleste. Te evades del mundo, refugiándote bajo unas cuantas gotas de agua que, a presión, golpean tu cuerpo de manera incesante. Te relajas e intentas no pensar. Cierras los ojos y notas el calor en tu piel, cómo se empapa tu pelo… Y evitas pensar. «No pienses, no pienses…». ¡Imposible! Ni bajo la ducha he logrado hoy desconectar. Y que no se diga que no lo he intentado. Incluso he cantado varios temas de Maldita Nerea y Despistaos. Mal, muy mal, porque desafino muchísimo. Pero cuando estaba entregada al «Caricias en tu espalda», me he puesto a llorar como una tonta. ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí? El encuentro con Adrián y su ex novia me ha marcado demasiado. Lidia es tan… tan… perfecta. Con esos ojos tan azules y ese pelo tan bien cuidado. Nos parecemos un poco, sí. Pero ella es la versión mejorada de mí. Después de clase, los vi juntos. No me lo quería creer. Enseguida, supe quién era aquella chica. No podía ser otra. ¿Ella había sido la responsable de la ausencia de Adrián desde ayer por la tarde y la que le había mandado los mensajes al móvil? Tenía que saberlo. Me acerqué hasta ellos, que me miraron en cuanto grité el nombre del chico que me gustaba.

¡Pillados!

Él se puso de pie, pero ni siquiera tuvo la intención de darme dos besos. Simplemente, me saludó con frialdad con la mano y me presentó a su acompañante. «Laura, ésta es Lidia». Me quedé helada. Intuía de quién se trataba, pero ahora que me lo había confirmado, mis sensaciones eran más extrañas aún. Se me formó un nudo en la garganta y de lo único que tenía ganas era de salir corriendo de allí. Sin embargo, aguanté inmóvil, de pie, le di dos besos y esperé acontecimientos. En los siguientes segundos, ninguno dijo nada. Al menos, no lo recuerdo. Fue un instante tenso. Yo, por una parte, quería saber qué estaba pasando, pero por otra temía escuchar algo que me partiera el corazón. ¿Habían vuelto juntos? Esa idea no dejaba de atormentarme. Para ser sinceros, no podía competir con aquella belleza. Era una de las chicas más guapas que había visto nunca. Sin embargo, lo que sucedió a continuación, me sorprendió. Adrián y Lidia se despidieron y quedaron en llamarse más tarde. La chica me miró una última vez, sonrió con cierta tristeza y se marchó.  «¿Damos una vuelta?», me preguntó Adrián cuando nos quedamos a solas. Asentí con la cabeza y comenzamos a caminar los dos juntos. Muy despacio. Como si quisiéramos parar el tiempo. Ojalá lo hubiéramos hecho si eso hubiera significado quedarme a su lado para siempre. Pero no se pueden conseguir las cosas que son imposibles y él me tenía que revelar lo que estaba pasando.

La explicación…

Soplaba un poco de viento frío. Aunque lo que realmente me hizo estremecer fue cada palabra que salió de la boca de Adrián. Estaba sereno y hablaba con la habitual tranquilidad con la que lo hace normalmente. A pesar de que la situación no era sencilla para él, no parecía nervioso. «Entiendo que puedas estar enfadada conmigo…», empezó a decir. «Pero ha surgido algo que me ha tenido ocupado estos días. Lidia se ha escapado de casa». ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Preguntas y más preguntas invadieron rápidamente mi cabeza. Tantas que no era capaz de pronunciar ni una sola palabra. Bloqueada. Así que opté por quedarme en silencio, atenta a lo que Adrián me contaba. «Nunca se ha llevado bien con sus padres. Siempre están discutiendo. Nunca había ido a más, pero el sábado, después de una nueva bronca, decidió fugarse. Cogió un autobús, me mandó un mensaje al móvil y vino a verme. Ella y yo, aunque ya no vivimos en la misma ciudad, seguimos en contacto. Pasó la noche en mi casa, en mi habitación, sin que mis padres se enteraran. Hablamos mucho y finalmente la convencí para que volviera. Ella no quería pero accedió. Sin embargo, me engañó. Cuando ayer estaba en tu casa, me mandó un nuevo SMS en el que decía que no había vuelto y que estaba en mi cuarto llorando. Regresé con ella y estuvimos el resto del día juntos. Lidia no tenía intención de irse a su casa. No sabía qué hacer. Me rogaba para que la ocultara en mi dormitorio un par de días más, pero cuando esta mañana le subía algo de desayunar, mi madre la descubrió». Uff. Menuda historia. Estaba asombrada. Una chica, de mi edad, que se escapa de casa y se fuga en bus hasta la ciudad en la que vive su ex novio. ¡Como en una película! Yo no sería capaz. Pero había más. La parte más importante de todas y en la que yo estaba implicada. «Cuando mi madre la pilló en mi dormitorio y después de contarle lo que sucedía, lo primero que hizo fue llamar a sus padres para tranquilizarlos. Ellos estaban muy preocupados e incluso habían ido a la policía para avisar de la desaparición de su hija. Lidia habló con ellos por teléfono y, llorando, les pidió disculpas. Prometió regresar esta tarde pero les insistió en que la dejaran estar conmigo el resto de la mañana. Dijeron que sí y mis padres también me han dado permiso para no ir hoy a clase… Por eso no he ido al instituto. Lidia, además, tenía algo que decirme. Me ha contado que no se ha olvidado de mí. Que nunca ha dejado de quererme y desea que volvamos a ser novios. Que aunque no vivamos en la misma ciudad, podríamos pasar los fines de semana juntos y, el resto del tiempo, seguir en contacto por el móvil y redes sociales».

«Estoy hecho un lío»

Cada palabra que Adrián iba diciendo me hacía más daño. Finalmente, estaba en lo cierto. Su ex novia quería recuperarlo. Y si lo pretendía, seguro que lo lograba. Seguimos andando, sin rumbo fijo. En silencio. Yo esperaba que continuara la historia, pero daba la impresión de que él estaba pensando cómo decirme las cosas sin hacerme más daño. Y prosiguió hablando: «Tú me gustas. Ya lo sabes. Desde que te conocí, me has gustado. Y no te puedes imaginar la de veces que pienso en ti a lo largo del día…». Entonces se detuvo y me cogió de la mano. Me miró fijamente a los ojos y por primera vez noté inseguridad en su mirada. No sonreía, ni estaba serio. Su expresión era tan confusa como sus sentimientos. «Pero al ver de nuevo a Lidia… y saber qué es lo que siente, se han despertado dentro de mí sentimientos que pensaba que habían desaparecido completamente. Laura, estoy hecho un lío». ¿Y yo? ¿Cómo estaba yo? Mal. Mal no, fatal. 

Traicionada…

El chico del que me estaba enamorando, que me había arrebatado un trocito de mi corazón, me estaba diciendo que quizá su ex novia, que era mejor que yo, le seguía gustando. ¡Los tíos son todos iguales! Me solté de su mano y, sin decir nada, me puse a andar. Adrián aceleró para colocarse a mi lado y, uno junto al otro, caminamos hacia nuestras casas. Aquel chico me estaba haciendo daño. Como el otro: Pablo. Los dos eran muy diferentes, pero ambos habían logrado el mismo resultado. Era lo que pensaba durante todo el trayecto. ¿Quién me mandaría a mí meterme en líos con chicos? ¿No había prometido en Navidades que pasaría de ellos? En el fondo, me lo tenía merecido. Por ingenua. Ya no es una cuestión de mala suerte, sino de que debo tener algo que hace que los tíos se fijen en otras cuando están conmigo. ¿Qué haré mal? No soy una modelo, pero tampoco estoy tan mal. ¿No? Llegamos a mi casa. Y entonces ocurrió todo muy deprisa. Adrián se puso delante de la puerta de entrada. Me preguntó que qué pensaba, que por qué no decía nada. Yo le pedí que por favor me dejara en paz. Si él tenía que pensar quién de las dos le gustaba más, yo también tenía que decidir si le volvía a hablar alguna vez. Y cuando las cosas parecían que no podían ir peor entre nosotros, me besó. Sí, me besó. No sé si lo había planeado durante el camino o le salió impulsivamente. Sentí sus labios presionando con fuerza los míos. Y sus manos aparecieron de repente en mi cintura. ¿Si me gustó? ¡Claro! Tanto, que le puse mis codos en su pecho, lo empujé un poco hacia atrás, apartándolo, y con la palma de la mano derecha le solté una bofetada que hasta asustaría a cualquiera sólo del sonido que hizo. Jamás creo que olvide su cara en ese momento. Terror. Miedo. Pavor. Todos los estados mezclados en uno. Incluso me sentí culpable. Pero no era tiempo ni de pedir disculpas ni de rebajarse. Me despedí con un seco «adiós» y entré en mi casa. Y así están las cosas. Sé que lo he hecho mal. Pero también sé que tenía motivos para estar enfadada. No es justo que jueguen conmigo de esa forma. ¡No es nada justo! A pesar de todo, no estoy satisfecha de mis últimas actuaciones. Le he pegado al chico que me gusta, que no sabe si le gusto yo o su ex novia, la chica perfecta, y mi mejor amiga, Alicia, y yo estamos enfadadas porque se ha liado con mi ex novio, Pablo. Problemas y más problemas. Creo que nada de esto tiene solución, aunque quién sabe qué es lo que puede pasar mañana. Tal vez, como en las novelas, todo tenga un final feliz. Aunque lo dudo mucho…

Continuará…

¿Cómo terminará la historia? ¿A quién elegirá Adrián? ¿Arreglará Laura todos los líos en los que se ha metido? Y Pablo y Alicia, ¿seguirán juntos?

Amor a los 14 Cap.8 Escrito por Blue Jeans

Capítulo 8

Y eso he hecho. He cogido una libreta, un bolígrafo de tinta azul y me he tumbado en la cama dispuesta a dejar libres cada uno de mis pensamientos. Ha resultado, ya que durante varios minutos no he dejado de escribir ni un instante. Uff. Lo necesitaba. Para qué nos vamos a engañar, no estoy bien. Nada bien. Y es que las cosas han cambiado mucho en tan sólo un día. 

Desaparecido…

Cuando me desperté esta mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil por si Adrián me había dejado algún mensaje o me había llamado. Nada. Ayer desapareció después de recibir aquel SMS y no volvió a dar señales de vida. Somos vecinos, ¿debería haber ido a su casa a preguntar qué le había pasado? Quizá. Pero todavía no me había quedado muy claro qué éramos y qué derechos y obligaciones tenía con él. Así que me aguanté y me fui a la cama triste. Hasta me entraron ganas de llorar. Me gusta mucho ese chico y que se marchara así, sin dar explicaciones y no volviera a llamarme, me afectó de verdad. Observaba el móvil cada dos minutos deseando que sonara, que fuera él. Qué sensación de angustia tan enorme. Me preguntaba qué estaría haciendo, por qué no se ponía en contacto conmigo. ¿No lo habíamos pasado bien juntos? ¿No me merecía algunas respuestas? Yo creía que sí. Aunque no fuéramos novios todavía. Aunque sólo fuéramos compañeros de clase con los sentimientos confusos. Aunque fuéramos amigos y nada más. Pero después de lo que había ocurrido entre ambos durante el fin de semana, lo menos que me merecía era una llamada. Sin embargo, ésta no se produjo. Esta mañana, mientras me dirigía hacia el instituto, deseaba con todas mis ganas encontrármelo en el camino. Abrazarle, besarle. Cogerle de la mano y reírnos en silencio. No reprocharle nada, sino simplemente, seguir con lo nuestro. Nuestra historia. Soy tonta, lo sé. Pero mis intenciones eran ésas. En cambio, ni rastro de Adrián. ¿Estaría ya en clase? No. No estaba. 

A escondidas

Y tampoco asistió a la primera hora. Ni a la segunda. Ni apareció en la tercera. Ahora sí, empezaba a preocuparme de verdad. ¿Y si le había pasado algo serio? Estuve a punto de marcharme en el recreo, pero tampoco tenía demasiado sentido que lo hiciera. ¿Cómo iba a justificar mi falta de asistencia? Entonces y, aunque está prohibido usar los teléfonos en el recreo, decidí llamarlo. Me escondí en el gimnasio después de asegurarme de que no había nadie. Y lo llamé. Dos, tres veces. Me estaba volviendo loca. Siempre la misma respuesta. El número al que estaba llamando estaba apagado o fuera de cobertura. ¡No me lo podía creer! Adrián se había esfumado. Había desaparecido de la tierra. Sentada en una montaña de colchonetas, le daba vueltas a la cabeza. Intentaba buscar algo que se me hubiera pasado por alto. Era tal mi locura que hasta me planteé las posibilidades más surrealistas. ¿Lo habían abducido los extraterrestres? ¿Se había fugado de casa? ¿Y si Adrián realmente no existía y era todo fruto de mi imaginación? No. ¡Todo aquello era imposible! Y yo me estaba volviendo loca de verdad. Retrocedí en el tiempo y analicé la situación. Y la conclusión a la que llegué es que las dos veces que Adrián desapareció y se comportó de manera extraña fue tras recibir aquellos misteriosos mensajes en el móvil. Ahí estaba la clave. ¿Quién se los enviaría y qué dirían? En esas reflexiones estaba cuando la puerta del gimnasio se abrió. Rápidamente, me levanté y me escondí detrás de la montaña de colchonetas. Lo único que me faltaba es que el profesor de Educación Física me pillara allí en la hora del recreo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no era una, sino dos personas las que entraron. Se reían y hablaban en voz baja. Y luego… ¿Besos? ¿Aquello era lo que parecía? ¡Sí! ¡Una pareja se había metido en el gimnasio para enrollarse allí dentro! Rezaba para que no vinieran a las colchonetas. Si algo lo deseas mucho se supone que se cumple. O no. Porque la parejita no tuvo en cuenta mis súplicas y se dirigió exactamente hacia donde yo estaba. ¡Madre mía! ¡No quería presenciar nada de lo que no estaba invitada a presenciar! Me di la vuelta y me tumbé en el suelo para que no me vieran. Los chicos, sin ningún tipo de pudor, se echaron en la colchoneta de arriba y comenzaron a besuquearse. Y yo al lado, tumbada y muerta de vergüenza. ¡Qué marrón tan grande! ¿Duraría mucho aquella fiesta? El timbre que anunciaba el final del recreo no tardaría en sonar. Cerré los ojos y volví a rezar. En esta ocasión imploré para que sólo hubiera besos. Que no pasaran a la siguiente fase, por favor. Mi vida estaría marcada para siempre por aquella pareja si decidían dar un paso más. Pero afortunadamente, el timbre sonó. ¡Salvada!

Todos contra mí

Los chicos se dieron los últimos besos y, riendo, se levantaron. Menos mal, fin a la pesadilla. Aunque en ese momento, que ya no había peligro, sentí curiosidad por saber de quienes se trataba. Muy despacio me fui incorporando y me asomé por uno de los lados de la montaña de colchonetas. Y entonces, me quedé blanca. Mira que eso es difícil, porque mis pómulos siempre están sonrosados. Menuda sorpresa… El chico era nada más y nada menos que mi ex: Pablo. Se estaba peinando con las manos cuando lo vi. Sonreía y resoplaba jadeante. Y ella… ¿la chica del cine? No. No era Susana, la tía más buena de mi clase. Ojalá lo hubiera sido. Sin embargo, a quien descubrí metiendo la mano en el bolsillo trasero del vaquero de Pablo fue a Alicia. Alicia y Pablo… ¿Cómo me podían hacer algo así? Mi mejor amiga y mi único ex novio. El chico que hasta hace dos días me hacía dudar si lo quería y la chica que sabía todo de mí, con la que había compartido tantas cosas en estos años. Tardé en reaccionar. Hasta tal punto que perdí la siguiente clase. A lo de Adrián había que sumar lo que acababa de ver. No comprendía nada. ¿Desde cuándo se liaban esos dos? ¿Era una venganza por lo del sábado? ¿Estaban saliendo o sólo era un rollo ocasional? Bah, qué mas daba. Yo no tenía derecho a juzgarlos. Aunque me hervía la sangre, no podía prohibirles que estuvieran juntos. Si se querían, era su problema. Sí, un gran problema, porque aquella relación no tenía ningún futuro. Sabiendo como es uno y como es la otra, no durarían nada. La hora pasó. Mi estado de ánimo estaba por los suelos. No puedo negarlo. Pero debía volver a clase. Tal vez, Adrián estaría ya allí. Eso me daría ánimos. Y con ese mínimo de esperanza salí del gimnasio y regresé a mi aula. Nueva desilusión. El chico del que me estaba enamorando seguía desaparecido. Su asiento estaba vacío. Alicia me miró desconcertada al verme. Como el profesor ya había entrado en clase, no pudimos hablar nada, pero con gestos, me preguntó que dónde me había metido. No le respondí y giré la cara hacia otro lado. Estaba muy enfadada y también preocupada, así que permanecí toda la hora comiéndome la cabeza. Adrián, Pablo y Alicia… Todos se habían puesto en mi contra. ¡No era justo! 

¡Lo que me faltaba!

Quería gritar, explotar. Decirle a todos que no se rieran de mí. Yo no había hecho nada malo. Alguien tenía que pagar mi rabia. Y fue… mi amiga. Alicia se acercó en el último intercambio de clase. Quiso saber dónde me había metido en la hora que había faltado. No le respondí al principio, pero cuando me dijo que si me pasaba algo, que no tenía buena cara… no me pude contener. Le solté todo lo que había visto en el gimnasio y le grité que si aquello era una especie de venganza. Hasta le insinué que ella se había convertido en el segundo plato de los chicos que yo no quería. Ella no respondió nada. Se marchó a su asiento en silencio y permaneció el resto de la clase mirando hacia ninguna parte. Qué mal me sentí. Me fui arrepintiendo de todo lo que le había dicho en cada minuto de la siguiente hora. ¿Cómo había podido hablarle de esa manera? Y lo peor fue que no pude disculparme. Al sonar el timbre, mi amiga salió corriendo y no me dejó que me acercara. Había metido la pata una vez más. Y esta vez era grave. Pero la mañana y los sobresaltos no habían terminado. En el camino de vuelta a casa, lo vi. Sí, era él. Estaba sentado en un banco del parque cercano a casa. ¡Adrián! ¡Por fin! Pero no estaba solo. Una chica muy guapa lo acompañaba. Los dos estaban hablando, muy juntos. Como una pareja. ¿Qué hacía? Ya no sabía qué sentía. Estaba confusa, triste, cansada de todo y de todos… pero saqué fuerzas y me acerqué hasta ellos. Quería una explicación. Suspiré, me subí la mochila y apreté los dientes. Antes de llegar hasta ellos, grité su nombre. ¡Adrián! Él me miró y ella también. La observé más de cerca. Era una chica preciosa, pero lo más curioso es que aunque no la había visto en mi vida, me resultaba algo familiar. Enseguida supe el motivo. Aquella chica se parecía a mí. Por tanto, no podía tratarse de otra que de Lidia, la ex del chico que me gustaba. 

Continuará…

¿Es realmente aquella chica Lidia, la ex novia de Adrián? ¿Qué hace allí? ¿Pablo y Alicia están juntos? ¿Conseguirá Laura que su amiga la perdone?

Amor a los 14 Cap.7 Escrito por Blue Jeans

Capítulo 7

¿Es cosa del destino? En este caso, creo que más bien ha sido cosa de mi madre. Hoy me levanté bastante tarde. Tenía mucho sueño porque anoche me costó dormirme. Normal. Los besos con Adrián, la pillada a Pablo, el enfado de Alicia… Todo pasó muy deprisa y de una forma inesperada. Demasiadas cosas en mi cabeza. Por mucho que le ordenaba a mi mente que descansara, ésta era incapaz de relajarse. Ni contando ovejitas, ni escuchando música tranquila… Nada. Imposible. Me dormí cerca de las cuatro de la madrugada. Así que hasta las once y media no me he levantado.

Comida familiar

Mientras desayunaba, mi madre me contó que ayer habló con Eva, la vecina. Sí, la madre de Adrián. ¿Mi suegra? Suena muy raro llamarla así. Soy muy joven para tener suegras. Sin embargo, si empiezo a salir con él, esa señora se convertirá en eso. ¿No? El caso es que las dos conversaron animadamente y decidieron que hoy comeríamos las familias juntas. ¡Día de paella en el jardín! Por un momento, pensé en que esto podría parecer la típica comida familiar planeada entre los padres del novio y de la novia. Pero cuando Eva y mi madre hablaron ni siquiera nos habíamos besado. ¡Qué casualidad! Justo el día después de liarnos, ya tenía que comer con su familia. Raro, ¿no? A decir verdad, tampoco era tan mala idea. Podría volver a estar con Adrián. Aunque no sabía exactamente cómo comportarme. Después de lo de ayer, ¿éramos novios? Lo estuve pensando el resto de la mañana. Y sólo estaba segura de una cosa: fuéramos lo que fuéramos, mis padres y los suyos no podían enterarse de nada. Cuando sonó el timbre de mi casa, me puse muy nerviosa. Mi madre me gritó que abriera y yo corrí hasta la puerta, no sin antes tropezar con una doblez de la alfombra y casi estrellarme de cabeza contra el suelo. ¡Qué torpe! Por esto, cuando abrí, estaba colorada, una vez más, como un tomate. ¡Con lo mona que me había puesto! Había sacado del armario un vestido precioso, blanco, que me llega por las rodillas. Tal vez un poco fresco para la época del año en la que estamos. ¡Pero para gustar hay que sufrir! Adrián estaba muy guapo. Vestido totalmente con ropa vaquera azul. Me sonrió al verme y me dio dos besos, el segundo de ellos un pelín más largo. Luego, su madre y su padre, que me saludaron con mucha efusividad. Qué simpáticos. Mis padres llegaron enseguida y los besos y abrazos se prolongaron. Los seis salimos al jardín. ¿Por qué siempre son los hombres los que preparan la paella de los domingos? Es una ley no escrita que se cumple una vez tras otra. Así que mi padre, Adrián y Arturo, su padre, se pusieron manos a la obra. Mientras, mi madre, Eva y yo nos encargamos del resto de cosas.

Amor escondido

Y entonces comenzó el bombardeo de preguntas. Parecía un concurso. Mi futura suegra preguntaba y yo respondía. ¿Cómo me iba en clase? ¿Qué quería estudiar cuando fuera mayor? ¿Qué pensaba de esto o de aquello? Y la pregunta clave. Llegó tras una sonrisilla maligna: ¿no hay ningún chico que te guste? Mi madre y yo nos miramos antes de contestar. ¿Qué le decía yo a esta buena mujer? ¡Y delante de mi madre! Dudé, tartamudeé y mentí: no. No había ningún chico que me gustara. Creo que nadie me creyó. Además, mis mejillas me delataban. Pero al menos, en esta ocasión, me libré. El interrogatorio terminó porque los hombres nos llamaron: la comida estaba lista. Me senté junto a Adrián. Era lo que llevaba esperando desde que llegaron. Había planteado inventarme cualquier excusa para que subiera a mi habitación. Pero hubiera sido gastar un cartucho demasiado pronto. Así que me aguanté las ganas de estar a solas con él. Teníamos que hablar. Pero aún no era el momento adecuado. Es muy extraño estar al lado de la persona que te gusta y hacer como si nada. Nos rozamos un par de veces con los brazos y nuestras manos coincidieron por casualidad en la cestita de mimbre del pan. Fue un momento muy especial. Aunque parezca poca cosa, el simple contacto con sus dedos me puso nerviosa y me provocó escalofríos. En ese instante, me entraron unas ganas enormes de besarle. Y creo que a él también le pasó. Pero nos contuvimos

Por fin a solas…

En la mitad de la comida descubrimos un nuevo método de contacto: por debajo de la mesa, con los pies. Hicimos «piececitos» un rato, hasta que le di sin querer una patada a su padre. ¡Qué vergüenza! ¿Alguna vez se me curará el ser tan torpe? Creo que sé la respuesta. Por mi culpa, se nos cortó el rollo, aunque Adrián se estuvo riendo un buen rato. A pesar de que es un chico bastante callado y, en ocasiones, excesivamente prudente y tímido, cuando sonríe se le ilumina la cara. Y si serio es guapo, riendo es… perfecto. Mis ganas de besarle aumentaban cada minuto y entonces ya no lo soporté más. Le propuse subir a mi habitación para que escuchara una canción que había descubierto hacía poco. Le hablé entusiasmada del «Solamente tú» de Pablo Alborán. Él accedió a subir a mi cuarto, pero cuando estábamos poniéndonos de pie, mi madre nos dijo que esperáramos, que el postre estaba listo: una mousse de limón que llevaba toda la mañana preparando. Uff. Qué mala pata. Le dije que no me apetecía pero insistió tanto que no nos quedó más remedio que quedarnos. ¡Vaya fastidio! ¡Yo quería otro postre! Nos volvimos a sentar y aguardamos pacientes nuestro momento. Aunque la mousse de limón estaba riquísima, deseaba con todas mis fuerzas que nos dieran permiso para levantarnos. Miré a mi madre a los ojos cuando me tomé el último trocito de postre y ésta hizo un gesto con la mano condescendiente. ¡Nos podíamos ir! Casi agarro a Adrián por la mano, pero me controlé. Retiré la silla de la mesa con cuidado, me puse de pie despacio y, sin mirar hacia atrás, entré en la casa. Supuse que él vendría detrás de mí. Y así fue. Oía sus pasos cercanos. Hasta que llegó a mi altura y los dos caminamos hacia mi habitación. Y de nuevo me puse nerviosa. Iba a estar a solas en mi cuarto con el chico que me gustaba. ¡Madre mía! 

¡Otro?SMS!

Afortunadamente, durante la mañana, previendo que podría pasar lo que estaba pasando, arreglé mi dormitorio. Todo estaba bien guardado y recogido. Incluso olía a vainilla, gracias a una vela perfumada que encendí después de desayunar. El ambiente era ideal, pero yo estaba temblando. Y más cuando Adrián se sentó en mi cama. Sonrió, como él suele hacerlo, y me invitó con la mano a que me sentara junto a él. Me hice un poco la remolona, pero terminé a su lado. Sonriente, me preguntó por esa canción de la que le hablé. No sabía a qué se refería hasta que caí en la cuenta. Me incorporé y busqué en mi portátil el tema de Pablo Alborán. Play. El piano sonaba y yo regresé a la cama con él. Sus ojos me miraban con dulzura. Me moría por besarle. El corazón me latía a mil por hora. Traté de disimular mi ansiedad y mi nerviosismo. Él parecía muy tranquilo. Como si estuviese acostumbrado a situaciones de ese tipo. Tomó la iniciativa y me puso una mano en la rodilla. Luego, se inclinó despacio y me acarició el pelo. Lo tenía muy cerca. Su rostro ya se encontraba a sólo unos cuantos centímetros del mío. ¿Quería él ese beso tanto como yo? Lo intuía. Lo sentía. Y lo experimenté. Sí, lo quería. Y fue muy bonito. Sentir de nuevo sus labios en los míos. Increíble. Me dejé llevar por sus besos, olvidándome de todo. No me importaba que mis padres estuviesen abajo con los suyos. Ni que fuéramos o no fuéramos novios. Sólo me preocupaba una cosa: su boca, que danzaba con la mía en un baile continuo y preciso. Volaron los nervios, los miedos, la incertidumbre. Tenerle ahí, conmigo, era todo lo que pretendía. Lo que buscaba y había encontrado. ¿Magia? Sí, era algo así como magia. Un sueño del que no quería despertar… pero del que desperté. Un sonido, que me resultaba familiar, irrumpió en nuestra intimidad. Adrián tenía un mensaje en el móvil. ¡Qué oportuno! Esto hizo que se detuviera, aunque intenté que se olvidara de él. Estábamos tan bien. Sin embargo, no tuve éxito. Se disculpó y sacó su teléfono de uno de los bolsillo del pantalón. Resoplé al verlo leer aquel SMS. Como ayer, su expresión cambió. Y como ayer, me comentó que tenía que irse. ¡No! ¿Por qué? No me dio explicaciones. Un último beso en la mejilla y adiós. Observé indignada cómo abría la puerta de mi habitación y se marchaba. ¡Qué rabia! Estaba realmente enfadada. ¿Qué era tan importante para dejarme allí tirada? Cuánto misterio. Y no me gustaba nada. Me levanté de la cama refunfuñando, apagué la música y bajé al jardín. Mis padres y los suyos seguían riendo y hablando. Yo ya no tenía ganas de reír. Me senté con ellos y aguanté impaciente a que Adrián se dignara a darme un buen motivo por el que se había marchado. Pero por más que miré mi móvil y revisé el ordenador durante toda la tarde, no recibí ni una sola respuesta. ¿Dónde se había metido?

Continuará…

¿De quién recibe los SMS Adrián? ¿Dónde se habría metido el chico toda la tarde? ¿Afectaría lo que pasó a su relación con Laura? ¿Qué le está ocultando Adrián a ella?